Usualmente negrillas y subrayados son nuestros.

martes, 5 de febrero de 2013

Rescatar la Política

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Las negrillas, subrayados y separación de algunos párrafos son para efectos de estudio.
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El imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo. V.I. Lenin

RESCATAR LA POLITICA Y CONSTRUIR NUESTRO FUTURO 
Oscar A. Fernández O.

Una de los fenómenos sociales de mayor repercusión en el vida humana desde hace mucho tiempo es la política. Como fenómeno engendrado por el accionar de la sociedad es de gran complejidad y, en cierto sentido, incomprensible para muchas personas, lo cual provoca un sentimiento de rechazo, que vulgarmente se expresa en frases como: la política es una cosa sucia, yo no me meto en política, mi vida no tiene nada que ver con la política. La descalificación de lo político es un fenómeno universal, hoy agravado por el discurso neoliberal y el debilitamiento del Estado.

Sin embargo, la realidad es bien distinta, pues la política tiene que ver con la vida de todos los seres humanos desde que surgiera y se involucra en los más simples actos de la cotidianeidad ciudadana. Tiene que ver con el gigantesco y turbulento cambio del sistema productivo, de los valores y las pautas de conducta de la sociedad y de la organización y naturaleza del Estado, que en algunos países como El Salvador es casi disfuncional.

En este nuevo escenario, la intermediación de los partidos políticos tradicionales burgueses  -o si se prefiere el monopolio de la intermediación – se ha desnaturalizado y está comprometida.

Cada vez más los partidos (uno de los elementos componentes del sistema político) son vistos por la población como muros que se interponen entre el Estado y la sociedad, antes que como puentes que los ponen en contacto con las instituciones.

Crece más la sensación de que la única preocupación de los partidos tradicionales son las cutas de poder, antes que pensar en el pueblo y sus necesidades, como si toda la atención estuviera en cómo llegar al poder, antes que preguntarse para qué. En consecuencia, la sociedad se aleja de los partidos políticos y busca de distintas maneras, cómo tener la atención del Estado.

Estos partidos tradicionalistas, se cierran sobre sí mismos, ponen candados en las puertas del sistema  y se autoproclaman como una clase diferente.

La mal llamada clase política. Una “clase política” que no tiene otro objetivo que su propio poder y cada  vez más, el enriquecimiento personal de sus  miembros y que sin duda, no hace posible la democracia, ya que cualquier intento de construir democracia puede ser destruida “desde ella misma, por el control ejercido desde el poder de las oligarquías o por partidos que acumulan recursos económicos o políticos para imponer su elección a ciudadanos reducidos al simple papel de votantes” sostiene el sociólogo Alain Touraine (¿Qué es la democracia?)

Al mismo tiempo, insistimos, su función de representación también se encuentra seriamente disminuida. Su vinculación con la opinión es cada vez más complicada.

Es como si  los partidos tradicionales se han convertido en sectas cerradas, en logias de intereses, en roscas como se dice popularmente.

En esa medida, los acuerdos políticos, uno de los elementos importantes de la capacidad de gobierno, se juzgan crecientemente, como si apenas se tratara de componendas entre grupos interesados  en conversar sus privilegios.

Recientes encuestas nos han mostrado que otras instancias de acceso popular como las iglesias y varias organizaciones populares, tienen niveles de representatividad mucho más altos que las instituciones políticas tradicionales y la justicia.

Desde luego, la corrupción y la pobreza son, sin duda los grandes factores de desprestigio del sistema.

La magnitud y la gravedad de la percepción que la población  tiene de la decadencia del sistema político, es verdaderamente alarmante.

Pero debe de subrayarse que la corrupción en los partidos políticos tradicionales es particularmente grave porque corrompe las propias instituciones creadas para combatir el crimen. Si funcionarios electos o nombrados: diputados, alcaldes, fiscales, magistrados, jueces y policías son corruptos, la sociedad está indefensa e inerme.

Esta corrupción se convierte en un factor de atraso económico y social, de conflictos sociales graves y de inestabilidad política. Y, como ya hemos visto, la ciudadanía tiene una idea muy precisa de lo que está pasando.

“Cuando la política necesita dinero desesperadamente y el dinero busca influencia política desesperada, el dinero y la política no pueden mantenerse alejados” (R. Dworkin).

Tal vez tengamos razón y este es el tiempo de los mercaderes. Por eso el lenguaje político es el del dinero y los negocios, y la corrupción su instrumento natural de accionar.

¿Seguiremos permitiendo los salvadoreños la existencia de un mercado de la democracia, en el que la voluntad popular sea objeto de transacciones de por sí espurias?

La conclusión que se desprende de lo anterior, es que la débil democracia en El Salvador está constantemente amenazada por la peligrosa pérdida de representatividad e ilegitimidad de los partidos tradicionales y conversadores.

En este sentido, los defectos habituales de la política en nuestro país, el clientelismo, el incumplimiento de las promesas electorales, la falta de consistencia ideológica, la corrupción y la influencia de un poderoso crimen organizado, se ciernen como un fuerte torbellino sobre las ya desgastadas instituciones del Estado.

La política no es sucia, la hemos ensuciado.

Por ello, la necesidad de cambiar este deteriorado orden político y jurídico, no ésta en discusión en el seno de la izquierda (¿o sí?), pues se observa un razonable consenso en ello, correspondiente al llamado rediseño del Estado y consolidación del poder popular, lo cual implica necesariamente el reemplazo de la burguesía como clase dominante y la sustitución del Estado capitalista neoliberal por un Estado Social de Derecho, fuerte y robusto, con capacidad de construir un orden equitativo, como requisito inmediato para pensar en el cambio histórico trazado en nuestro horizonte.

La especificidad de la vía salvadoreña hacia una metamorfosis nacional histórica, como un proceso complejo y de largo plazo, estaría en que la toma del poder no precede, sino que sigue a la transformación de la sociedad; en otras palabras, es la modificación de la infraestructura social lo que, alterando la correlación de fuerzas, impone y hace posible la modificación de la superestructura.

La toma del poder se realizaría así gradualmente sin necesidad de recurrir en cierto sentido, a la violencia (¿?), hasta el punto de formar un nuevo Estado, correspondiente a la estructura socialista que se habría ido creando. La experiencia en el centro de América del Sur es hoy digna de ser estudiada, aunque no copiada.

La discusión sobre si existe o no una vía salvadoreña al socialismo, sería irrelevante si no implica dos supuestos: primero, el que hayamos definido nuestro  camino de transición al socialismo o no; segundo, el que el carácter peculiar que asume hoy la lucha de clases tiene el status  de un modelo distinto al que se ha presentado en otros países que lograron instaurar la dictadura del proletariado.

En efecto, a la pregunta de si existe  una vía al socialismo, la repuesta sólo puede ser afirmativa: existen tantas vías al socialismo cuanto sean los pueblos que emprendan, bajo la dirección de los trabajadores, la tarea de cambiar a la sociedad  explotadora burguesa y su sistema político en crisis. Pero ninguna de ellas es en sí un modelo, todas se rigen por las leyes generales de la revolución del pueblo, tal como la ciencia marxista las ha definido.

Bajo la visión mecánica de mundo, la obsesión por la eficiencia continuará deshumanizando el desarrollo y generando mayor vulnerabilidad para todas las formas de vida en el Planeta. Bajo la visión economicista de mundo, la existencia continuará como una lucha salvaje por la sobrevivencia, bajo el credo de la competitividad, que trasforma la realidad en una arena donde solo existen competidores. Bajo la visión holística de mundo, la complejidad de la realidad emerge como un sistema dinámico y contradictorio, donde solo la solidaridad puede promover las negociaciones necesarias para construir la protección de todas las formas de vida en el Planeta. En la competencia entre estas visiones de mundo, la visión economicista está prevaleciendo entre las iniciativas oficiales, internacionales y nacionales. Pero aún hay esperanza. La globalización es una construcción social, y por eso los pueblos podemos cambiarla.

La esperanza es la última que muere, dirían los optimistas; pero muere, dirían los pesimistas. Los realistas dirían, pero como la humanidad no puede vivir sin esperanza, hagamos algo para que no muera la esperanza. La sociedad civil debe organizarse para construir más espacios públicos para la práctica de la democracia participativa (Souza Silva: 2001) Si el sistema de ideas, sistema de tecnologías y de institucionalidad del orden corporativo transnacional, continúan en su trayectoria dominante, se profundizará la exclusión social y la vulnerabilidad; crecerá inexorablemente el número de los desconectados, transformados en prisioneros del desamparo y huérfanos de la esperanza. ¿Hasta cuándo? ¿A qué costo? El cambio histórico en El Salvador, debe entonces sumarse a un cambio continental de época que nos reta a dar el salto histórico: construir el nuevo modelo de la integración independiente y multidimensional de nuestra América.
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